Preparamos rápidamente el equipaje para dirigirnos a la estación del tren.
El bus se quedaba aquí con Alberto, ya que la pista hasta Dakar estaba impracticable, y nos obligaba a dar un gran rodeo por tierras de Mauritania.
El tren lo cogimos al abordaje entre una gran multitud de negros que también querían coger un buen sitio. Mientras, los descuideros y carteristas hacían su agosto. Uno se había empeñado descaradamente en abrirme las cremalleras de mi mochila, lo que me obligó a subir al tren de espaldas.
Una vez dentro, pudimos sentarnos todos. Los dos asientos que Xisco y yo tenemos de frente son compartidos por cuatro africanos. El viaje duró 10 horas, haciendo innumerables paradas en todos los villorrios del trayecto, donde esperaban un gran trasiego de mujeres con bandejas sobres las cabezas portando fruta, carne y otros comestibles, que vendían a través de las ventanillas.
A pesar de que todas las ventanillas estaban abiertas, el aire no circulaba en el interior del abarrotado vagón, por lo que el olor a sobaquina y el calor húmedo que allí reinaba se hacía insoportable. Para colmo de males, el espacio común que hay entre los dos bancos era aprovechado por doce piernas que nunca encontraban el confort.
Los viajeros eran de lo más variopinto, desde gente muy aparente, hasta verdaderos y malolientes parias, pasando por los ciegos que cubiertos de harapos, en cada parada se paseaban por el abarrotado pasillo monsergueando monótonamente unas letanías para que alguien les diese unas monedas. Enfermos, tullidos y algún que otro leproso de los muchos que hay tirados por las calles de Bamako.
Por fin y ya de noche, llegamos a Kayes. Fue difícil buscar algún sitio donde hospedarnos. En las grandes poblaciones el riesgo de ser atracados es grande. Después de mucho discutir nos alquilaron una gran azotea redonda, con la condición de que al día siguiente saliésemos de allí.
Como estábamos cansados pedimos que nos trajeran algo para comer. Fueron 13 los trozos de cordero. Cual fue nuestra sorpresa cuando los iluminamos con la linterna, lo que la fuente contenía era un montón de huesos con algún pegote de carne carbonizada, indecente, impresentable e incomestible, y encima caro. Se lo devolvimos y comimos en la calle, nunca mejor dicho, ya que el chiringuito de aquella mujer tenía, estaba esparcido por el suelo a la luz de un farol. Dos palanganas, una con arroz y otra con menudillos de carne grasienta. Nos sirvió una ración de cada en una escudilla.
Se sorprendió cuando le pedimos el cubierto. Sólo tenía dos cucharas sucias.
Y allí estábamos Xisco y yo, sentados en el suelo compartiendo el plato. La poca luz que daba el farolillo era nuestra aliada, ya que no nos dejaba ver con detalle lo que comíamos.
Aquella noche dormimos en el suelo. Fue una noche suave y sin mosquitos.