El día se levanta cubierto.
Desayunamos bajo la mirada atenta de algunos niños, que callados esperan pacientemente las latas vacías de mermelada y leche condensada.
Al partir no tardamos en quedarnos sin asfalto, para encontrarnos con las obras de asfaltado. Un tramo de unos 20 Kms. de lodo y barro. Mientras avanzamos lentamente, quedan atrás camiones de gran tonelaje hundidos hasta los ejes. Tendrán que esperar tres meses en ese sitio, hasta que pase la estación de las lluvias. Eso nos puede pasar a nosotros.
Comemos cerca de un poblado dogón. Como era de esperar enseguida fuimos rodeados por los nativos, que miraban silenciosos no perdiendo detalle de nuestros "refinados" movimientos. Uno se acostumbra a ellos, y comemos como si estuviéramos en una habitación cuyas paredes estuvieran pintadas por figuras animadas.
Después salimos hacia Sevaré, donde paramos para repostar carburante y enjuagar la úlcera con algunas cervezas. De este pueblo salen tres caminos, hacia Bandiagara, Mopti y Bamako, la capital de Malí. Optamos por dirigirnos a Bandiagara, a 63 Kms. de pista en buen estado.
Llegamos ya entrada la tarde, y lo primero que hacemos es bañarnos en un riachuelo. Pero ¡ojo! hay que entrar y salir rápido del agua, ya que estas aguas están infectadas de bilarcia (La bilarciosis es una enfermedad parasitaria producida por una ameba que a su vez parasita los caracoles del río).
Cenamos una deliciosa sopa de ajo que nos preparó Alberto, bajo la potente luz de los reflectores traseros del bus, que invitaron a la cena a toda suerte de insectos voladores.
Dormimos al raso, y como siempre con la cantinela de los sapos.