Nos despertamos rodeados de gente con un aspecto lamentable. Mientras desayunábamos era difícil negarles la galleta que nos íbamos a meter en la boca.
Ya, ni el viento ni la arena, ni el agua sucia, ni la suciedad nos afecta mucho. Las costumbres elementales de higiene de los países desarrollados quedan atrás, no por desidia nuestra, sino por falta de medios. Esto es África.
200 Kms. más de pista y llegamos a Gao. Ciudad a orillas del río Níger, ese gran río de inmenso caudal que tanto asombra tras una travesía por el desierto. Llama igualmente la atención la diversidad racial: tuareg, songhais, peuls, dogones, bozos, etc. El colorido y la profusión de mujeres en la calle y mercados es la constatación de que se ha llegado al África Negra, con una cultura y forma de vida bien diferentes a las árabes dejadas atrás.
Lo primero que hicimos al llegar fue tirarnos vestidos al río, ya no recuerdo los días que hace que no nos duchábamos. Mientras me enjabonaba, un nativo me hacía el servicio de lavandería en la orilla.
Nuestro estado de ánimo es excelente, y lo celebramos brindando con cerveza mientras la corriente del río acariciaba nuestros maltratados cuerpos.
Después de lavar el bus, nos acercamos al pueblo a hincharnos de cerveza, esta vez bien fría.
Como guía, cogimos a Alí, un negrito de unos once años, él también nos vigilaba el camión y mantenía a distancia a los comerciantes ambulantes que nos abordaban. Su corta edad no era inconveniente para hacerse respetar, incluso por los ancianos. Allí es costumbre no entorpecer el trabajo de la gente que ha tenido la suerte de encontrarlo, ya que con el dinero que le demos por sus servicios, comerá su familia un par de días. Es sorprendente como un crío echa a empujones a personas que le doblan en peso. De todas formas si nos separamos de él, los demás críos que estaban al acecho se peleaban para ser adoptados como guía. Basta que se les de nuestro nombre una vez para que al rato no paren de usarlo chavales que no se sabe de donde salen. De simpáticos y serviciales, se llegan a hacer pesados.
Salir a la calle sin guía es una auténtica osadez. Te envuelven ofreciendo sus mercancías de artesanía, es difícil no comprar nada. Todo este comercio tiene como base el regateo. Hay que ofrecerles hasta doce veces menos de lo que te piden, a partir de ahí, todo es discutir. Son muy suspicaces y hay que ser muy astuto con ellos para que no se den cuenta de lo que a uno le interesa comprar. El valor de un objeto es directamente proporcional al interés demostrado por él. Pueden pasar horas hasta llegar a un acuerdo. La pulsera que llevo en mi muñeca izquierda, me costó más de cuatro horas de negociaciones, con intermedio incluido. En vez de dinero también aceptan el trueque de ropa, película fotográfica, medicamentos y en general todo lo que en esas tierras es de difícil adquisición.
Cenamos en la terraza de un restaurante típico (Típico para nosotros, para ellos normal) a salvo del bullicio de la calle. En el interior del local suena música africana, los negros la bailan como sólo ellos saben. Al terminar de cenar, me animo y me mezclo con ellos en la rudimentaria pista de baile he intento seguir su ritmo. Soy un patoso.
Mientras nos dirigimos al "camping" podemos disfrutar de la gran animación que hay en la calle. Las aceras están bordeadas por innumerables tenderetes iluminados con farolillos de petróleo.
Para dormir nos instalamos en la azotea de una desvencijada casa.
A lo lejos, se oyen los tambores y cantos de alguna fiesta indígena al igual que el incesante croar de las ranas.