Dia 13
Carabana tuareg

Teniendo en cuenta las dos horas de diferencia con respecto a España, a las 4’30 ya es de día, y por consiguiente la aldea empieza a despertar.

Seguimos rodeados de agua. Decidimos que tenemos que intentar llegar a Anefis, a 180 Kms. Los primeros 70 Kms. de pista son difíciles e impracticables en época de lluvias. Nos tenemos que arriesgar, ya que vamos contra reloj y hay que ceñirse al itinerario. Tenemos mucha fe en conseguirlo.

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Llegaron las lluvias.

La policía nos deja salir del poblado con la condición de que acompañemos a una gran negra songhai. Al parecer era la esposa del jefe de policía de Aghelhok. Como equipaje llevaba una gran y pesada maleta llena de azúcar. Contrabando. También llevamos a un pastor, que previamente había pagado el viaje pero ¡al jefe de policía!

Saliendo del pueblo.

Una vez cruzado todo el tramo embarrado, que nos tuvo sobrecogidos cada 50 metros, nos encontramos ante el trozo de terreno más peligroso, la llanura del Marcouba. Cruzarla, sólo son 12 Kms. pero sobre fech-fech (Es una arena muy fina, en polvo, que está recubierta por una capa aparentemente resistente, basta con un frenazo o con una irregularidad del terreno para que esta capa se rompa . Se ha de atravesar evitando toda conducción brusca.)

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"Sin prisas, pero sin pausas".

Queda la opción de dar un gran rodeo, pero como nos está empezando a gustar tener el corazón en un puño, optamos por el camino más corto.

Hay zonas donde las ruedas se hunden un palmo y medio, el motor rinde al máximo, en primera, con reductoras y tracción a las seis ruedas. Si nos quedamos atrapados, ¡estamos listos!, harían falta tres días para sacarlo. El motor se calienta debido a la lentitud de la marcha. A los 3 o 4 Kms. se partió el cable del acelerador, y nos vimos obligados a parar para repararlo. Detenerse en esta clase de terreno es muy peligroso ya que para arrancar de nuevo es muy difícil con las ruedas hundidas.

Xisco y Chema, cada uno a lo suyo.

Ya fuera de Marcouba, la luz se torna amarillo-anaranjada, es otra tormenta de arena que se adueña del lugar y dificulta la conducción.

Por fin llegamos a Anefis, es un pequeño campamento tuareg.

Nos preparamos la comida en una casa que compartimos con una familia tuareg.

El ambiente es brumoso y pesado, envuelto por una especie de neblina amarillenta, el cielo esta cubierto. Todo esto hace que el lugar parezca como salido de un sueño. Ambiente mágico y misterioso.

A unos metros, un pequeño lago poco profundo, cabras ramoneando, críos tocados con cresta esperando otro caramelo, mujeres moliendo el grano y los hombres muy ensimismados sentados en el suelo.

Es de destacar la belleza de las jóvenes tuareg, de rasgos finos, movimientos armoniosos, y cuerpos delgados y esbeltos que se dejan adivinar entre sus finos velos. A la vez son fuertes y resistentes, dejándolo patente mientras sacan agua del pozo, llevándola después sobre la cabeza en equilibrio, o como cuando muelen el cereal moviendo rítmicamente el pesado mazo del mortero.

En la sociedad tuareg, es la mujer la que transmite la cultura y el apellido, la que administra el patrimonio, y no se cubre la cara como los hombres. Es una sociedad matriarcal.

Dromedario

Ya por la tarde, salimos hacia Tabankort, otro pobre, pero hospitalario poblado tuareg, como todos los del Adrar de los Iforas.

Llegamos envueltos en viento y arena. Esta zona está muy castigada por el hambre. No paran de pedirnos comida. Existe la posibilidad de que suframos robos causados por la necesidad, en cuyo caso sería aprovechando un descuido.

Nos dejaron cuatro paredes de adobe para protegernos de la arena que llevaba el viento. Compartimos ese trozo de suelo con la negra songhai.

Juana se ha recuperado.

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